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21 de febrero de 2026

Él fue sacerdote y ella, monja: se animaron a vivir un “amor imposible”, formaron una familia y siguen juntos 30 años después

Daniel Genovesi y Mercedes Tarragona dejaron el clero por amor y empezaron otra vida. Aquí reconstruyen cómo fue su salida de la Iglesia católica: el silencio institucional, los años de culpa y hasta un intercambio de cartas con el papa Francisco

>Daniel Genovesi tenía 16 años cuando sintió el llamado a ser sacerdote. Hasta entonces su vínculo con la Iglesia era social: iba a encuentros de jóvenes en la parroquia del pueblo, tocaba la guitarra, se divertía. “Con el tiempo el grupo con el que me juntaba me fue contagiando las ganas de escuchar el Evangelio y, de a poco, me encontré hablando con Jesús”, recuerda.

Ese mismo año, pero en la ciudad entrerriana de Gualeguaychú, a unos 450 kilómetros de Venado Tuerto, Mercedes Tarragona vio pasar a un grupo de monjas cerca de su casa y salió corriendo detrás de ellas. Tenía 13 años. A diferencia de Daniel, su historia con la fe había empezado el día de su nacimiento. Después de un parto complicado, su madre se encomendó a la Virgen de la Merced. Por eso, cuando la adolescente le anunció que quería irse con las religiosas, lo interpretó como el cumplimiento de aquella promesa. “Vino a buscarla”, dijo, y la dejó partir.

La primera vez que se vieron fue una tarde de mayo de 1991, en una fiesta parroquial en Firmat, un pueblo ubicado a unos 60 kilómetros de Venado Tuerto. Él tenía 26; ella 22. Apenas se miraron. Poco después volvieron a cruzarse en otro encuentro parroquial. Empezaron a charlar, se cayeron bien y Daniel le propuso trabajar juntos en proyectos con jóvenes.

“Vivíamos tan regulados por el deber ser que frente a cualquier emoción enseguida le encontrábamos un lugar. Nuestra formación era: la cabeza por encima del corazón”, asegura Mercedes. Daniel lo describe así: “Yo era una persona muy mental, postergaba lo que sentía, lo dejaba de lado. Pero llegó un momento en que la emoción empezó a ocupar el lugar que le correspondía y entendí que estar con ella me llenaba el corazón. Ahí tomé la decisión de colgar los hábitos. Hasta entonces yo estaba convencido de ser célibe”.

En videollamada con Infobae, desde la ciudad de Emporia, Kansas, donde hoy viven, cuentan lo que vino tras la salida de la Iglesia católica: el silencio, los años de culpa, la reconstrucción de sus vidas —con tres casamientos y dos hijas— y un camino espiritual distinto, que hasta incluyó un intercambio de cartas con el papa Francisco. “Si me preguntás, no somos ejemplo para nadie —dice Daniel—. Solo tratamos de ser coherentes con lo que sentíamos”.

La mañana de Navidad de 1991, unos seis meses después de conocerse, marcó un punto de inflexión. Ese día Daniel se despertó con la necesidad inesperada de llamar a Mercedes. Marcó el número del convento y, cuando ella atendió, improvisó un saludo y una charla trivial. Con el tiempo entendería que detrás de ese impulso había algo que todavía no podía reconocer.

Días más tarde, el 3 de enero de 1992, coincidieron en un viaje de misión a Rufino, Santa Fe. Mercedes participó solo tres días, pero cada vez que tenían un momento lo usaban para conversar. Una noche, cuando ya habían terminado con las tareas del día, se quedaron rezando en un grupo. Según contaron a la periodista Emilia Erbetta en el episodio Amores como el nuestro del podcast Radio Ambulante, pusieron las manos sobre la mesa y la de Daniel quedó arriba de la de Mercedes. Él movió apenas el dedo meñique sobre la mano de ella, como acariciándola. Ella lo sintió y se lo permitió. Fue la primera vez que se tocaron.

En paralelo, Daniel intentaba ordenar lo que le pasaba. “Yo tenía muy claro que nuestras vidas iban por caminos distintos y, al mismo tiempo, sentía un aprecio muy fuerte por ella”, recuerda.

Pero ese acercamiento no tuvo el mismo efecto para ambos. Mientras Daniel continuaba con sus tareas en la diócesis y se movía con libertad; Mercedes, que vivía en comunidad, empezó a padecer la A mediados de 1992, después de un viaje el convento central en Córdoba para participar en un retiro, volvió a ser cuestionada por las monjas.

Poco después le comunicaron un traslado a otro convento en Gualeguaychú, su ciudad natal, a cinco horas de Venado Tuerto. Aceptó, pero duró poco. “Cuando tomé los hábitos, a los 17 años, no dimensioné que estaba renunciando a la posibilidad de amar y de formar una familia. Lo entendí cuando conocí a Daniel. Antes sentía que tenía que trabajar para salvar el mundo. Ese era el ideal”, explica.

Finalmente, después de diez años, Mercedes decidió dejar la Iglesia católica. “La salida fue tremenda porque no hubo acompañamiento —describe—. Primero vino el silencio. Me hicieron a un lado muy rápido por miedo a que contagiara a otras. Me metieron en una habitación y me dijeron: ‘Sacate el hábito y devolvé todo lo que no es tuyo’. Había una falda y una remera. Cuando terminé de vestirme me señalaron una puerta. Me fui sin un abrazo, sin una bendición, sin un beso. Como si tuviera lepra”.

Después llegó la culpa. “Sentía que había traicionado a Dios, a mis promesas y a la comunidad. Lo único que me dijo una superiora fue: ‘Recordá que por unos meses tenés los votos (de castidad)’. Le respondí: ‘Pero Madre, ¿usted cree que me voy a ir a prostituir?’”.

Treinta años después, Mercedes dice que todavía le duele: “No es un dolor de bronca ni pelea. Es la falta de humanidad con la que se manejaron. La persona que sale es una persona que traiciona. ¿Qué traiciona? No sé, pero es un traidor”.

Daniel dejó la Iglesia católica en noviembre de 1993, un tiempo después que Mercedes. Según cuenta, las veces que intentó hablar de sus sentimientos hacia ella con algún superior, no encontró espacio. “Nunca dije: ‘Me estoy enamorando’, pero sí: ‘Me está pasando algo’”, recuerda.

El episodio quebró la confianza de Daniel. Hasta entonces, pese a sus contradicciones emocionales, creía que podía continuar con su tarea pastoral. Después de eso, dejó de verlo posible. “El juego de la manipulación se hizo evidente. Como yo era importante para la organización, no querían perderme”.

El obispo intentó disuadirlo: “Esa chica no te quiere, si no, no te hubiera dejado en libertad”. Daniel le respondió: “La libertad es lo más hermoso que uno puede regalarle a otra persona”.

Ese mismo día retiró sus pertenencias del obispado. No era mucho: varios libros, una muda de ropa y un cepillo de dientes. Luego avisó por carta a sus compañeros y se quedó en la catedral por si alguien quería despedirse. Algunos de ellos pasaron a saludarlo.

Después de su salida, Daniel también experimentó el mismo silencio que padeció Mercedes. “Dejás de existir. Te lanzan a la deriva y se olvidan de vos. A mí me fue relativamente bien, pero la mayoría se la dan contra el suelo. Es complejo empezar de nuevo sin nada y con pocas habilidades sociales”, dice.

Tras retirarse inició el pedido de dispensa del celibato y, para su sorpresa, le informaron que su caso recién sería tratado una década más tarde. ¿Por qué tanto tiempo después? “Para el Vaticano cualquier decisión tomada antes de los 40 años podía ser voluble. Lo incongruente es que cuando tenía 25 aceptaron como definitiva mi decisión de ser célibe”, dice.

Al salir, él tenía 29 años y ella 25.

El primer tiempo lo pasaron en Venado Tuerto, en un pequeño departamento que alquilaron por un precio simbólico. Allí, el 13 de noviembre de 1993, improvisaron una ceremonia íntima frente a un crucifijo y —en presencia de Pepita, la dueña de casa, y René, a quien consideran un “padrino”— se prometieron amor para siempre.

El sexo era un mundo desconocido para ambos. Habían pasado la juventud en instituciones religiosas y la intimidad era un territorio totalmente ajeno. “Podíamos darnos un beso, pero teníamos tan arraigados los patrones de la culpa y de la traición que no podíamos concretar. Nos costó un montón”, dice Daniel. Y sigue: “En mi caso había deseo, pero no había potencia. Así que tuvimos que trabajarlo. Con diálogo, con paciencia y con risas, porque la risa también ayudó. Al final se destrabó”.

“Nos tuvimos que inventar —dice Mercedes—. No teníamos referentes y partimos desde un ideal. Después la vida nos dio un revolcón. A los pocos meses quedé embarazada, pero el bebé nació prematuro y murió a las dos horas. Algunos dijeron que había sido un castigo de Dios”, cuenta.

Con el tiempo, Daniel y Mercedes empezaron a transitar un camino espiritual distinto. Siete años después de dejar Venado Tuerto, comenzaron a acercarse a la Iglesia anglicana. Daniel volvió al ministerio: primero como párroco en la localidad bonaerense de Hurlingham y luego como obispo en Uruguay. Ahora trabaja en la diócesis episcopal de Emporia y en la parroquia Saint Andrew’s.

—Daniel, ¿le mandaste una carta al Papa Francisco?

—Mercedes, ¿cuál es tu vínculo con la Iglesia hoy?

—¿Están casados?

Daniel: La primera boda fue apenas dejé los hábitos. El 13 de noviembre de 1993, en Venado Tuerto, hicimos una ceremonia íntima en el departamento donde vivíamos. No podíamos hacerlo público porque iba a ser un escándalo. Al año siguiente, cuando Mercedes quedó embarazada, nos casamos por civil, el 15 de abril de 1994. Y muchos años después, ya con nuestras hijas, nos casamos por Iglesia anglicana, el 21 de julio de 2001. Entramos con ellas y con los hijos de nuestros amigos. Fue hermosísimo.

—Daniel, en tu novela autobiográfica El silencio de los ángeles hablás de un “amor imposible”. ¿Creés que el de ustedes lo era?

Antes de despedirse, Daniel busca su novela autobiográfica y lee en voz alta el comienzo:

Sentada a su lado, Mercedes lo mira y juntos sonríen. Él ahora tiene 61; ella 57. El amor sigue ahí.



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