5 de enero de 2026
Tres sacerdotes en busca de señales, magos que no hacen magia y la leyenda de una fiesta que une a pueblos y generaciones

La historia de la Epifanía reúne a antiguos sabios de Oriente, la transformación de misteriosos magos en símbolos universales y la fuerza de una tradición que, a través de los siglos, sigue celebrando la unión y la esperanza compartida. Qué pasa en el mundo hispano cada 6 de enero con la llegada de los “Reyes Magos”
La Epifanía comenzó a celebrarse muy pronto en la historia cristiana. Ya en el siglo III, las comunidades de Oriente dedicaban el 6 de enero al bautismo de Jesús en el Jordán y a su manifestación divina. En Occidente, sin embargo, la fecha adquirió otro énfasis: la visita de los magos, extranjeros venidos de tierras lejanas que reconocieron en un niño pobre la presencia de algo que superaba todo lo esperado. En esa diferencia entre Oriente y Occidente se esconde también una declaración: por un lado, la revelación a Israel; por otro, la revelación al mundo pagano. La Epifanía es, finalmente, la fiesta donde Cristo se muestra más allá de los límites del pueblo judío, donde se presenta a todos, incluso a quienes nada sabían de Él.
La tradición, siglos más tarde, decidió convertirlos en reyes. No hay un solo texto bíblico que lo afirme, pero la imaginación de las comunidades cristianas terminó otorgándoles coronas, tronos y nombres propios. Tertuliano, en el siglo III, ya sugería que los magos eran cercanos a la nobleza; y en la Edad Media, los manuscritos fijaron definitivamente la imagen de tres reyes diferentes, cada uno representando una edad y, con el tiempo, cada región del mundo conocido hasta entonces. Convertir a estos magos en reyes era una forma de narrar que incluso los poderosos reconocen la soberanía de Jesús. En un tiempo donde los reinos eran la estructura fundamental de la política, imaginar monarcas postrándose ante un niño en un pesebre tenía un valor simbólico profundo.
La escena tiene un efecto dramático particular. Los magos vienen de lejos, de tierras que no conocen la Ley ni los profetas. Sin embargo, reconocen la señal. En cambio, Herodes, que vive a pocos kilómetros de Belén, no la ve; y los doctores de la Ley, que conocen la profecía de Miqueas —“Y tú, Belén, tierra de Judá…” (Mt 2,6)— tampoco hacen el viaje. Es una de las paradojas más sugerentes del Evangelio: los sabios de Oriente, representando a los pueblos extranjeros, se ponen en camino; los cercanos permanecen inmóviles. La revelación, parece decir Mateo, no responde siempre al dominio intelectual. A veces se manifiesta a quienes tienen la valentía de buscar.
Con el paso de los siglos, esta fecha dio lugar a una constelación de tradiciones populares que enriquecieron la vida cultural de distintos pueblos. En España, la víspera del 6 de enero se celebra con la Cabalgata de Reyes, un desfile que envuelve las calles en música y luces. Los Reyes recorren la ciudad arrojan caramelos, acompañados por carrozas que parecen salidas de un sueño infantil. En la mayoría de los hogares españoles, los regalos principales no se reciben en Navidad, sino en Reyes. Los niños dejan sus zapatos junto a un poco de agua y comida para los camellos; por la mañana, encuentran regalos que los magos dejaron en su paso silencioso.
En todos estos países, la Epifanía conserva una mezcla de inocencia y antigüedad que se resiste al paso del tiempo. Es un festejo donde lo religioso y lo popular conviven sin tensiones. No es una fiesta solemne, sino una manifestación que se filtra en la vida cotidiana. Su magia no proviene únicamente del relato bíblico, sino de la manera en que la comunidad lo reinterpreta año tras año, dejando que los niños ocupen el centro de la escena.
En varias Iglesias de Oriente, la Navidad misma se celebra el 6 ó 7 de enero, no porque confundan la fecha con la Epifanía, sino porque aún siguen el calendario juliano, trece días retrasado respecto del gregoriano. En Etiopía y Egipto, la fiesta del bautismo de Jesús —llamada “Timkat” en la tradición etíope— es mucho más importante, y las ceremonias giran en torno al agua bendecida. En Grecia, la Epifanía se centra en la bendición de los mares y ríos, con jóvenes que se lanzan al agua para recuperar una cruz lanzada por el sacerdote.
Luego vuelven “por otro camino” (Mt 2,12). La frase, que podría pasar inadvertida, contiene una de las claves espirituales más profundas del relato. Quien se encuentra con lo sagrado —parece decir Mateo— ya no puede regresar al punto de partida tal como era. El camino cambia porque cambió el caminante. La Epifanía no es únicamente una manifestación de lo divino: es una transformación del que mira. A la punta tal fue otro camino que, según la tradición, los restos mortales de los Magos de oriente, estuvieron sepultados en Constantinopla y luego fueron trasladados por el obispo san Eustoquio a Milán y el emperador Barbarroja los llevo luego a Colonia, Alemania y hoy reposan en la gran catedral de Colonia. Es decir, siguieron peregrinando aún después de fallecidos.
Quizás por eso esta fiesta tiene un efecto tan fuerte en la imaginación infantil. Es una noche que conserva algo de la pureza de los relatos antiguos, donde los astros guían a los viajeros, donde los sueños importan, donde lo invisible se vuelve cercano. Los niños que esperan a los Reyes Magos repiten, sin saberlo, el gesto de aquellos sabios orientales: aguardan con esperanza una revelación. Y el amanecer del 6 de enero, con sus regalos modestos o abundantes, es una forma de decirles que la espera tiene sentido.En un mundo acelerado, donde las certezas se fracturan y las distancias culturales parecen multiplicarse, la historia de los magos permanece como un símbolo de apertura. Promueve el recuerdo de que la verdad puede encontrarse en lugares inesperados, que las fronteras culturales no determinan la capacidad de ver, que la fe —en cualquiera de sus manifestaciones— comienza con un gesto de búsqueda. Ilustra, a su vez, que la humildad de un pesebre puede desafiar la soberbia de los palacios, y que la luz no necesita estruendo para iluminar.
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