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30 de noviembre de 2025

Cómo la dieta romana anticipó ideas actuales sobre salud y bienestar

El sistema antiguo vinculaba la mesa con la personalidad y el entorno, en una perspectiva que resuena en la comprensión moderna de la vida

>Mucho antes de que términos como calorías, proteínas o vitaminas se popularizaran, los habitantes del En el corazón de la nutrición romana existía la convicción de que los alimentos, tras ser ingeridos y digeridos, se convertían en sangre, considerada el elemento esencial del organismo.

La Dra. Claire Bubb, profesora adjunta de estudios sobre el mundo antiguo, explica en History Extra que la comida se transformaba en sangre, y esta, a su vez, alimentaba las partes del cuerpo donde era requerida: “El componente básico del organismo”.

A diferencia de la ciencia actual, que clasifica los alimentos según su composición química, los romanos agrupaban los productos por sus cualidades percibidas: calor, frío, humedad y sequedad. Estas características, determinadas por sabor y textura, se vinculaban a efectos específicos en el organismo. Por ejemplo, los pepinos se consideraban fríos y húmedos, mientras que el pan y la carne asada eran vistos como secos y calientes.

La Dra. Bubb resalta la existencia de ideas equivalentes en el pensamiento romano, expresadas con terminología propia, que observaban realidades similares a las de hoy pero desde una teoría alternativa sobre el funcionamiento de los alimentos y la nutrición. Si bien no utilizaban el concepto de proteínas, reconocían que algunas comidas contribuían al desarrollo muscular.

La teoría de los humores imperaba tanto en la medicina como en la alimentación en la antigua Roma. Según este enfoque, el cuerpo humano se regía por cuatro fluidos: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, cada uno vinculado a un elemento natural.

El equilibrio o desequilibrio de estos humores determinaba no solo la salud física, sino la personalidad y las emociones. Un exceso de sangre, por ejemplo, se asociaba al carácter alegre, mientras que demasiada bilis negra se vinculaba a la melancolía.

La dieta variaba según la edad, la estación del año y la salud. Los niños y atletas requerían mayor calor y nutrición, mientras que a los ancianos, percibidos como más fríos, se les aconsejaba menos alimento.

Estas creencias trascendían la mesa y permeaban la vida cotidiana romana. La alimentación reflejaba la constitución física, la personalidad y la posición social de cada individuo. La distribución pública de alimentos como el pan tenía un papel central en la vida urbana, y la elección de ingredientes respondía tanto a criterios de salud como a la búsqueda de equilibrio humoral.

Asimismo, la Dra. Bubb destaca el carácter empírico de este sistema: era “una manera de observar cómo funcionaba la salud y el cuerpo” a partir de la experiencia directa. Los romanos notaban los efectos de la comida en su cuerpo y ajustaban su dieta, aunque carecían de herramientas científicas para analizar la composición de los alimentos.

Hoy, muchas explicaciones romanas resultan extrañas: pensar que los alimentos contienen pequeñas partículas de fuego parece absurdo, aunque actualmente se hable de calorías y de transformación de los alimentos en energía. Al carecer de microscopios y laboratorios, los romanos dependían de la observación directa y del análisis de efectos visibles para fundamentar su nutrición.

Considerar la alimentación dentro de un sistema que abarca salud, bienestar y constitución física demuestra una visión que, aunque nacida en la antigüedad, resuena con la concepción moderna de la nutrición como un fenómeno complejo e interconectado.



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